Bandera amarilla para recordar

Desde que inició el aislamiento preventivo han pasado prácticamente cinco meses. Esto corresponde a un tiempo más prolongado del que tardó el Marqués de Sade en escribir las 120 Jornadas de Sodoma mientras estuvo preso en La Bastilla. La diferencia es que yo no estoy preso (eso creo) y tampoco escribo estas líneas para referirme a aberraciones de todo tipo ni desafiar los límites de mis lectores. Sin embargo, concuerdo con Sade frente a la inmensa dificultad que implica acostumbrarse al encierro, por lo que únicamente resta escribir. Contar a los demás acerca de aquello que añoramos, e inmortalizarlo de manera escrita, implica asumir el compromiso humano de buscar distracciones con la vida y no con la muerte. El mundo está cambiando. 

Esta mañana desperté como un autómata, así como lo he venido haciendo durante los últimos meses. Tomé mi celular para ojear un rato en las redes sociales, como es costumbre, la vida de los demás. Fue entonces cuando la misma tecnología me dio la bofetada que estaba necesitando: aparecieron en la pantalla unas fotografías mías, de hace unos años, de esas que Facebook denomina recuerdos. Mi sonrisa fue inmediata y me llevó a comprender que mirar hacia atrás no es un error sino una necesidad para agradecer y encontrar motivación frente a lo que trae el futuro. Observar la existencia en retrospectiva es una característica que nos define a muchos de los aficionados a los vehículos antiguos. No es que temamos vivir el presente, sino que valoramos los pasos que han tenido que ser caminados para llegar a este punto. 

Hoy somos muchos los que lamentamos no poder salir en nuestros carros y recorrer tantos caminos como sea posible. Sin embargo, antes de seguir escribiendo historias podemos aprovechar esta pausa obligada que nos presenta la circunstancia actual, para releer lo ya vivido y compartirlo con los demás. Completamente convencido de que uno conserva lo que tiene en la medida que lo comparte con otros, escribo para ustedes acerca de aquello que me atrevo a decir es común a todos nosotros: el amor. 

Amor es levantarse primero que el sol para limpiar el carro antes de una exposición. Amor es llegar al autódromo cuando no han abierto la puerta, esperando no perderse ni un segundo de actividad. Amor es soltar unas lágrimas cuando se hace necesario vender un auto. Amor es lo que vivimos diariamente porque en un carro antiguo cada salida es una aventura. Sin embargo, el amor también se manifiesta en aquellos que comprenden la importancia de ser agentes activos, creadores de experiencias y sin los cuales no habría tantas historias para contar. Me refiero a todas esas personas que toman la decisión de ofrecer su tiempo a los demás organizando los eventos que disfrutamos, pues sin ellos no existirían tantos recuerdos que hoy nos mantienen cuerdos y enamorados. 

Durante mis años como estudiante de literatura en la Universidad de Los Andes, tuve la fortuna de aprender de la profesora Carolina Sanín. Hoy recuerdo sus reflexiones mientras leíamos a los utópicos renacentistas: “los viajeros deben pasar por un trance de muerte para ingresar a la utopía, pues los lugares imposibles no pueden ser encontrados deliberadamente, ya que realmente no están en ningún lugar. Para llegar a ellos el viajero debe, de alguna forma, perderse. Para lo anterior el único requisito es tener un camino del cual desviarse”. Hoy nosotros estamos viviendo ese trance al que se refiere Carolina, deteniéndonos un momento para replantearnos diferentes ideas y desviarnos del andar preestablecido para llegar a la utopía que cada uno de nosotros elija. No es una etapa para lamentarnos frente a la ausencia de lo que ya no es, sino para mirar hacia otro horizonte y disponernos a dar la largada cuando haya bandera verde. 

Seguramente durante un tiempo no podremos reunirnos de la forma en que lo hacíamos antes. Sin embargo, ante esto vale recordar lo que alguna vez dijo Gabriel García Márquez: “La distancia no es un problema. El problema somos los humanos, que no sabemos amar sin tocar, sin ver o sin escuchar. Y es que el amor se siente con el corazón, no con el cuerpo”. Es por lo anterior que hoy mi invitación es para llenarnos de esperanza y sonreír frente a lo que añoramos, agradeciendo porque pudimos vivirlo para contarlo. 

Me despido finalmente añorando el olor a gasolina que emana de los boxes del Autódromo de Tocancipá, así como el sonido de los tractores despertando en Coralina y las risas de mis amigos ante cualquier tontería que nos presenta la cotidianidad. Me despido, además, esperando motivarlos para que compartan fotos con sus recuerdos e inunden las redes sociales con mensajes positivos que nos recuerden que este encierro es transitorio, pero nuestra locura es para toda la vida. El mundo está cambiando pero nosotros seguimos con el pedal a fondo. 

Juan Felipe Reina Munévar
Presidente
BMW Club Clásicos Colombia

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